Entrevista en El Economista

“Para bajar las tasas hay que bajar la inflación”

Entrevista a Diego Martínez Burzaco, economista jefe de Inversor Global

«Hablar de mercado debe dejar de ser un tabú»

(*) Columna de opinión publicada en el suplemento Economía y Negocios del Diario La Nación

-¿Se puede crecer sostenidamente sin un mercado de capitales desarrollado?

-La palabra mercado se ha convertido en una especie de tabú en la Argentina tras el estallido de la convertibilidad en 2001. Cualquier mención de esa palabra es asociada rápidamente a una ideología neoliberal. Tan fuerte es el prejuicio negativo en gran parte de la población que ni siquiera los candidatos presidenciales se animan a pronunciarla abiertamente por temor a perder votos. Sin embargo creo que se equivocan fuertemente al no hacerlo. No existe ninguna economía desarrollada que haya alcanzado su estatus sin un mercado de capitales amplio y pujante. Estados Unidos, la Unión Europea, los países nórdicos, Japón y los tigres asiáticos lo tienen. Muchos países de la región como Chile o Colombia, con economías más previsibles y estables que la doméstica, también cuentan con mercados de capitales más sólidos.

-El mercado de capitales argentino no logró acoplarse a la «década ganada» del modelo económico que prevaleció. Hoy cotizan cinco empresas menos de las que cotizaban en 2003. Con un mercado desarrollado todos ganan: el ahorrista accede a una oferta de instrumentos financieros amplia y más redituable que la tradicional «inversión» de depósito a plazo fijo; las grandes empresas se hacen de un financiamiento superador al de las tradicionales líneas crediticias bancarias, y las pymes encuentran un canal de liquidez magnífico para complementar con sus planes de expansión. ¡Todos ganan! Pero nuestro mercado necesita desarrollarse fuertemente para ser el canal natural de un progreso económico sustentable. Todos deben involucrarse.

-En mi opinión se podrían tomar tres medidas que tiendan a crear un contexto cierto y favorable. La primera es eliminar el encaje del 30% para el ingreso de capitales que fija el Banco Central; la segunda, ofrecer incentivos fiscales para las empresas que se animen a hacer oferta pública en la Bolsa mediante emisión de deuda o de acciones, y la tercera, limitar la participación máxima del Estado en el capital de una empresa. La instrucción y educación del ciudadano de a pie resulta vital para que el mercado de capitales se convierta en una zona de libre acceso para el ahorrista, despojándolo de cualquier prejuicio para aprovechar las oportunidades de inversión. Esto, complementado con las tres medidas descriptas, puede contribuir a crear un marco adecuado para que, lentamente, la palabra mercado deje de ser un tabú y se convierta en una oportunidad. Sin un mercado de capital desarrollado, la sustentabilidad de una economía en el largo plazo es prácticamente inviable.

Argentina ante un problema «real»

Estructuralmente el modelo económico está terminado, si es que alguna vez existió un modelo como tal.

Los pilares básicos en materia económica que pregonó la actual administración a lo largo de los últimos doce años han desaparecido todos. Ninguno de ellos ha quedado en pie. En algunos casos se podría llegar a culpar al mundo, pero en la gran mayoría los errores son propios.

Si Argentina ha cometido un serio error a lo largo de toda su historia, éste es el de la gran dificultad para administrar la bonanza. Y si hay algo que caracterizó a la última década fue un gran viento de cola para los países emergentes de la mano de dos fenómenos: precios de los commodities históricamente elevados y costo del dinero insólitamente bajo, casi cero.

Argentina no ha podido capitalizar ninguno de los dos efectos.

En cuanto a los términos de intercambio favorables (medidos por los precios de los productos exportados sobre los precios de los bienes importados) en una primera etapa sirvieron para mantener el denominado «superávit gemelo» del modelo. Argentina contaba con superávit comercial (saldo entre exportaciones menos importaciones) y superávit de cuenta corriente (entraban más dólares al país de los que se fugaban).

Sin embargo, el déficit fiscal, que en los primeros años fue negativo (es decir, había superávit fiscal), a medida que el Estado (y su voracidad) se agrandaba a un ritmo incomprensiblemente veloz, el rojo de las cuentas públicas comenzó a surgir y, allí, el superávit de cuenta corriente inició su descenso.

En relación a las bajas tasas de interés, Argentina nunca pudo sacar provecho de las mismas. El interminable capítulo con los holdouts ha generado un costo de oportunidad muy grande en materia de financiamiento.

También sobrevino el descontrol en materia monetaria, sobre todo cuando comenzó a utilizarse al Banco Central de la República Argentina como prestamista de última instancia. Así, sus reservas internacionales comenzaron un abrupto descenso desde 2009 a la fecha cuando comenzó la «política de desendeudamiento». Mientras que en la región las autoridades monetarias engrosaban sus arcas, acá se debilitaba.

El desborde monetario y fiscal llevó a acelerar la inflación. Así, el consumo, el principal pilar del kirchnerismo, comenzó a perder fuerza. Los salarios crecían por debajo de los aumentos de precios, o lo que es lo mismo decir, los trabajadores perdían poder adquisitivo.

La plata quemaba en el bolsillo. Perdía valor a un ritmo galopante. Mientras, en el mundo, la inflación era una de las más bajas de la historia (de hecho hoy se habla de deflación).

Como antídoto a lo anterior, se tomó el atajo de retrasar el tipo de cambio para combatir el espiral inflacionario. Las consecuencias eran lógicas y conocidas: la Argentina perdía competitividad.

Tipo de cambio nominal retrasado, elevadísima inflación y monedas emergentes que comenzaron a depreciarse al son de los rumores de alza de tasas de interés en Estados Unidos fue un cocktail explosivo para el tipo de cambio real multilateral.

El siguiente gráfico muestra que el nivel del mismo es tan solo 20% superior al registrado en 2001:

TCR Mult

Y si hay algo que agravó aún más la situación es Brasil.

La recesión económica de la sexta economía mundial, los casos de corrupción, la desconfianza en el segundo mandato de Dilma y la furia contra los emergentes determinaron una fuerte devaluación del real brasileño en los últimos 12 meses.

Para Argentina fue el golpe de nocaut. Nada podría haber sido peor. Brasil representa el 35% del intercambio comercial de nuestro país. La devaluación del real brasileño sumado a un atraso cambiario en nuestra moneda es un golpe muy fuerte para nuestra competitividad.

El tipo de cambio real bilateral adoptó una tendencia descendente muy preocupante:

TC Bilateral

Es evidente que esta situación no puede extenderse por mucho tiempo más. La moneda argentina está sobrevaluada. El desenlace sólo es cuestión de tiempo.

En caso de no abordar esta situación, Argentina se enfrentará a un gran problema «real».