Lecciones para evitar una nueva crisis cambiaria y financiera

Los últimos seis meses han sido extraordinariamente volátiles para la Argentina en materia financiera. Si bien los argentinos “sabemos sobrevivir” a estos episodios, las consecuencias son profundas y debemos pensar cómo aceitar mecanismos, procesos e instituciones que aminoren los impactos de las próximas turbulencias.

La crisis cambiaria y financiera que se inició en el mes de abril y que cinco meses después no podemos dar por terminada, aunque sí parece más controlada, dejó costos muy grandes en materia económica y social. Estos eventos de sudden stop, motivados por la “famosa” restricción externa, característica de nuestra historia económica, deben ser analizados en profundidad para detectar sus causas y evitar eventos similares hacia el futuro.

¿Cuál es el origen de esta nueva crisis financiera?

Está claro que el punto de partida de la desconfianza comenzó el 28 de diciembre pasado, cuando la política condicionó el autónomo accionar del BCRA. Sin embargo, esa fecha es una anécdota detrás de la real causa que engendró esta crisis y que se trata de la escasa tasa de ahorro de Argentina. En términos comparativos, nuestro país tiene casi 5 puntos porcentuales de ahorro menos que los países más estables de la región y una parte importante de esta escasez es atribuible al exceso de desahorro del sector público. Bajo estas circunstancias, el país en cuestión es extremadamente vulnerable ante los cambios de humor de los inversores externos dispuestos a financiar ese desequilibrio.

¿Cómo lograr una posición de mayor solidez a futuro?

Lleva tiempo y depende de dos factores. El primero, desde ya, que el sector público comience a tener un comportamiento de mayor disciplina fiscal, creíble y sostenible en el tiempo, aportando a la ecuación de equilibrio general. En segundo término se encuentra la necesidad de estimular un mayor ahorro privado mediante mecanismos de incentivos acordes con los objetivos buscados. Para esto último, resulta imprescindible reglas de juego claras, tasa de interés real positiva y eliminación de impuestos distorsivos que conspiran contra el atesoramiento que permite el financiamiento de proyectos productivos.

¿Cuál es la institución adecuada para fomentar el ahorro?

Sin dudas que el mercado de capitales. Allí es donde se conectan quienes tienen un exceso de ahorro con los actores que buscan financiamiento de largo plazo para expandir su producción y aumentar la productividad. Un mercado de capitales pequeño es sinónimo de mayor vulnerabilidad macroeconómica para el país en cuestión. Su desarrollo requiere de romper con la dicotomía entre la “economía financiera” y la “economía real”. Es la primera, mediante el ahorro, la que permite expandir y dinamizar la segunda. Así lo marca la historia de los países que tuvieron éxito en su desarrollo y de los que lo tendrán en el futuro. Complementariamente, un mercado de capitales se hace más grande, líquido y profundo con inversores institucionales de largo plazo, algo que Argentina adolece y que los hacedores de política económica y participantes de mercado deberán ocuparse de fomentar a la brevedad para evitar estar expuestos a semejante fragilidad financiera como la que se vislumbró desde abril hasta la fecha.

 

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